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Internacional
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29 agosto, 2018

La “favela” regiomontana que intenta esconder a “brochazos” pobreza y delincuencia

Al inicio de década de los ochenta, siendo aún niño, Rodolfo fue a vivir con sus padres a una improvisada casa de cartón ubicada en el Cerro de la Campana, una loma en esta capital que colinda con el próspero municipio de San Pedro Garza García, el de mayor ingreso per cápita de América Latina.

Desde la década de los setenta, en esa colina y otros cerros de la zona metropolitana se refugiaron miles de campesinos que escaparon de la miseria en sus lugares de origen –entre ellos los estados de San Luis Potosí, Zacatecas e Hidalgo–, atraídos por los empleos en las industrias de esta ciudad.

“Éramos ocho niños, y en las heladas noches, para cubrirnos del frío, mi mamá consiguió una lona con la que nos tapaba a todos”, recuerda Rodolfo.

Todos juntos se acostaban en el piso de tierra de la humilde vivienda, que carecía de todos los servicios. Y para conseguir agua la familia debía bajar una empinada e improvisada escalera hasta llegar a una noria que se encontraba al lado de un contaminado arroyo.

En la temporada de calor, recuerda Rodolfo, no encontraban sombra alguna debido a que el techo de su casa lo componían gruesas láminas de cartón recubiertas con un impermeabilizante negro para protegerlas de las lluvias.

El Cerro de la Campana es una de las “favelas” más grandes de Monterrey, y en días recientes fue escogida para implementar la popular moda de disfrazar con multiplicidad de colores la pobreza económica de sus habitantes.

Don Rodolfo y otros moradores cuentan que desde 2008 el cerro estuvo tomado por “la maldad”, representada por el Cártel del Golfo (CDG) y Los Zetas. Sólo una pequeña escalera dividió sus feudos.

De ese año a 2016, subrayan, el Cerro de la Campana fue escenario de disputa y los vecinos se convirtieron en rehenes en su propia colonia.

El “toque de queda” que impusieron los cárteles iniciaba a las 18:00, porque a partir de esa hora comenzaban a circular en cuatrimotos jóvenes armados con sus frecuencias de radio.

“La noche es nuestra”, era el lema de Los Zetas. Cuando todos los habitantes del cerro se preparaban para dormir, ellos se despertaban, y de manera cotidiana saqueaban los pocos negocios de la zona. “Nos ponían las pistolas en la cabeza mientras se llevaban lo que querían”. Y no fueron pocas las ocasiones en que “levantaron” a vecinos que nunca más regresaron a sus humildes viviendas.

Desde 2008 el CDG y posteriormente Los Zetas comenzaron a reclutar a las pandillas que predominan en las “favelas” de la zona metropolitana de esta capital.

De acuerdo con un estudio de la Universidad Autónoma de Nuevo León, encabezado por la investigadora Patricia Cerna, en esa época había alrededor de 2 mil pandillas con un padrón de aproximadamente 30 mil jóvenes en sus filas.

Aldo Fasci Zuazua, exsecretario de Seguridad, señaló en su momento que los cárteles lograron cooptar a 20 de las pandillas más grandes y peligrosas, entre ellas la de “Los Dragones”, cuyos miembros se distribuían en los principales municipios de la zona metropolitana.

Al igual que en Brasil, abundó, esas pandillas operaron en las “favelas” de los cerros regiomontanos, protegidas por los inaccesibles, estrechos y empinados callejones convertidos en laberintos.

Y de esa manera los jóvenes y adolescentes pandilleros se convirtieron en la “carne de cañón dispuestos a llenar las fosas”, frase que describe a los soldados del más bajo rango en la Infantería, quienes “se aventuran sin miramiento” a las misiones más arriesgadas, o incluso a la muerte.

A partir de 2009, Los Zetas y el CDG crearon con las pandillas un gran ejército de “halcones”, “estacas” y sicarios, con los cuales controlaron los principales municipios de la zona metropolitana de Monterrey.

Esos intrépidos jóvenes, capacitados por militares desertores, realizaron misiones peligrosas e impensables. Por ejemplo, atacaron y lanzaron granadas contra las instalaciones de Televisa y contra el consulado de Estados Unidos, que por suerte no estallaron.

Además, se enfrentaron al Ejército en las principales avenidas de la ciudad, provocando decenas de víctimas inocentes, convertidas en “daños colaterales” de las batallas.

Una de las más tristes historias que sumergió en la zozobra a la metrópoli regiomontana fue la muerte de dos alumnos de excelencia que hacían su maestría en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM).

El monumental poder que alcanzaron los cárteles quedó evidenciado cuando miles de pandilleros y habitantes de las colonias marginadas tomaron las principales avenidas del centro para protestar contra la Marina y el Ejército.

Las manifestaciones explotaron en marzo de 2009, y desde los primeros días de febrero de ese año lujosas camionetas marca Ford Lobo y Hummer irrumpieron en las polvorientas colonias de las zonas marginales de la ciudad. El objetivo de los desconocidos tripulantes era reclutar a gente pobre para sumarla a la protesta contra la presencia del Ejército Mexicano en las calles.

Para que la gente asistiera a las “espontáneas manifestaciones” regalaron celulares, despensas, juguetes, mochilas, útiles escolares y dinero en efectivo. Las señoras que acudieron con familia y niños recibieron entre mil y mil 500 pesos. Para los jóvenes pandilleros la oferta varió: entre 200 y 500 pesos.

A cambio del dinero y los regalos, las mujeres, jóvenes y niños debieron bloquear la avenida Constitución, una transitada vía rápida que atraviesa el centro de Monterrey.

En entrevista con Proceso, el exsecretario de Seguridad, Aldo Fasci, denunció entonces que policías de diversas corporaciones municipales coordinaron el traslado de las mujeres, niños y jóvenes que viajaron en taxis en pequeños grupos, así como en camiones e incluso en patrullas.

Los operadores de los cárteles dictaron las consignas de las pancartas que debían llevar y también les advirtieron que no hablaran con la prensa.

En los días que duraron las protestas se movilizaron alrededor de 3 mil personas, entre ellas los jóvenes pandilleros que quemaron llantas y tablas en avenidas y realizaron todo tipo de provocaciones para que corriera sangre.

La situación cambió a partir de marzo de 2010, cuando Los Zetas decidieron romper con el CDG, hecho que desató la “narcoguerra” e impactó en Monterrey, ciudades fronterizas de Tamaulipas y decenas de poblados del noreste.

Dado que Los Zetas eran extremadamente salvajes para castigar a sus miembros -los golpeaban con una tabla en las nalgas-, varias pandillas abandonaron sus filas y se cambiaron al CDG.

No obstante, los jóvenes fueron las principales víctimas de la narcoguerra. Miles de ellos terminaron en narcofosas o incinerados en los cinco campos de exterminio del crimen organizado en Nuevo León.

A partir de 2015 las cosas cambiaron como por “arte de magia” en el Cerro de las Campanas. Los vecinos cuentan que “la maldad” se escondió. Los delincuentes dejaron de recorrer los callejones y veredas con su poderoso arsenal y se recluyeron en sus escondrijos.

Cuando la colonia se tranquilizó arribó el colectivo “Tomate” y propuso realizar un gran mural que cubriera parte del cerro. Sería el más grande de América Latina con más de 24 mil metros pintados de diversos colores. La cementera Cemex y la firma de pinturas Comex, junto con otras empresas del estado, financiaron el proyecto.

Alrededor de 300 estudiantes voluntarios del ITESM se colgaron con arneses para pintar de colores las humildes viviendas. Y ahora la pobreza en el Cerro de la Campana tiene un toque “folklórico” gracias a su gran colorido, que dio alegría a algunos de los vecinos.

De acuerdo con las autoridades, el proyecto ayudará a restablecer el tejido social en la zona, pero los pobladores manifiestan que es muy pronto para evaluar el impacto real de esa medida.