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Salud
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12 septiembre, 2018

El hambre aumenta por tercer año y alcanza a 821 millones de personas

En la batalla que libra la humanidad contra el hambre, los seres humanos vamos perdiendo. En 2017, 821 millones de personas se iban a la cama cada día sin haber ingerido las calorías mínimas para su actividad diaria, son 15 millones más que el año anterior, lo que supone un retroceso a niveles de 2010. Los datos recogidos en el informe La seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo de la ONU, publicado este martes, confirman que no se trata de un repunte aislado; aunque los expertos se resisten a hablar de un cambio de tendencia, ya se encadenan tres años de subida.

Los conflictos, los eventos climáticos extremos y las crisis económicas son los principales responsables de esta regresión, según el estudio elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) junto con otras cuatro agencias de la ONU. Las graves sequías vinculadas al fuerte fenómeno El Niño de 2015 y 2016 son especialmente culpables. Sin agua, no crecen los cultivos ni el pasto para los animales. Eso significa que, en los países altamente dependientes de la agricultura, millones de personas se quedan sin alimentos suficientes que llevarse a la boca y sin fuente de ingresos con los que adquirir comida en el mercado. La falta de precipitaciones, de hecho, causa más del 80% de los daños y pérdidas totales en la producción agrícola y ganadera.

"Si no hacemos más, los tres años de subida serán cuatro. Reducir el hambre no es una cuestión de fe, sino que depende de nuestras acciones", advierte Kostas Stamoulis, director adjunto de la FAO. Si el año pasado este organismo pedía el cese de la violencia para una mejora de la situación alimentaria mundial, esta edición se enfoca en la necesidad de mejorar la resiliencia de las personas ante los eventos climáticos extremos, es decir, fortalecer su capacidad de adaptarse, resistir y reponerse ante una adversidad.

"Piensa en un terremoto. En función de cómo de fuerte sea una casa, aguantará o colapsará. No podemos cambiar la intensidad del seísmo, pero sí la resistencia de la vivienda". Explica Stamoulis que lo mismo hay que hacer con las personas: prepararlas para lo peor. "Tenemos los conocimientos y las herramientas para ello, pero debemos ponerlos en marcha". Y hay que hacerlo "a mayor escala y de forma acelerada", añade Marco Sánchez-Cantillo, director de economía y desarrollo agrícola de la FAO. "Por ejemplo, los sistemas de alerta temprana que permiten anticipar soluciones en caso de una eventualidad se han mostrado eficientes. Hay países en los que se han implantado, pero no es generalizado", lamenta.

La mayoría de los países que afrontan crisis alimentarias relacionadas con el clima —20 de 34— atraviesan contextos de paz. Pero cuando los choques climáticos se producen en zonas en conflicto, se desencadena la tormenta humanitaria perfecta. Esto sucedió en los 14 países restantes, entre ellos, los ribereños del lago Chad (Níger, Nigeria, Camerún y Chad), donde 10,7 millones de personas necesitan ayuda para sobrevivir cada día debido a la espiral de violencia del terrorismo de Boko Haram y las sequías. "El ejemplo más claro es que el año pasado se declaró la hambruna en Sudán del Sur. Y Yemen, Somalia y el norte de Nigeria estuvieron a punto. En los cuatro hay una situación de conflicto grave y condiciones climáticas extremas y desfavorables", anota Blanca Carazo, responsable de programas y emergencias del comité español de Unicef.

África fue la región donde el hambre azotó en mayor proporción. Casi el 21% de su población estaba subalimentada el año pasado: 256 millones de personas, de las que 236 millones eran de la región subsahariana, un 30,4% más de los 181 millones de hambrientos que se contabilizaron en esta zona del mundo en 2010. En términos absolutos, Asia está en cabeza con 515 millones, un 11,4% de sus habitantes. No solo el clima y los conflictos explican estos datos, apunta Stamoulis. "No fue exclusivamente El Niño, aunque tuvo mucho que ver. No tenemos que olvidar que hay países que no están en conflicto, no atraviesan una crisis económica ni enfrentan eventos climáticos extremos, y tienen elevadas tasas de hambre". También "la marginación, la desigualdad y la pobreza provocan que la gente no pueda acceder a una alimentación suficiente y nutritiva", profundiza.

Las estadísticas y la realidad que reflejan van en dirección contraria al objetivo marcado en la Agenda 2030 de la ONU: lograr erradicar el hambre para esa fecha. "Es arriesgado hablar de una tendencia al alza aún. Los datos de este año muestran un incremento menor que el del año pasado. Quiero pensar que se trata de una anomalía en la disminución que se venía produciendo en la última década", considera Jennifer Nyberg, directora de la oficina en España del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, entidad coautora del informe. "Tenemos que ser positivos y creer que lograremos alcanzar los objetivos, porque si nos damos por vencidos ahora, no lo conseguiremos", añade un poco de esperanza el director adjunto de la FAO.

"Esto es una llamada de atención para que pongamos más innovación y recursos para combatir el hambre. Hay que preguntarse qué no funciona", afirma Nyberg. Es misión imposible, sin embargo, calcular la financiación total que se destina a esta lucha y, por consiguiente, conocer si se han producido recortes en los últimos ejercicios. Lo que sí se sabe es que los llamamientos de fondos para atender emergencias alimentarias casi nunca recaudan lo que se necesita. Un ejemplo: el PMA solicitó 9.100 millones de dólares para realizar su labor de distribución de alimentos en zonas en crisis en 2017; recibió 6.800 millones. "Básicamente, cuando no tenemos dinero, tenemos que decidir quién no va a conseguir comida", lamentaba Peter Smerdon, portavoz de esta agencia en África oriental, en una entrevista para PNR el pasado enero.

Urgen soluciones, nuevas o conocidas, para conseguir las metas que la comunidad internacional se ha marcado en materia alimentaria para 2030. En solo tres años, se ha revertido el avance conseguido desde 2003 en la lucha contra el hambre, de tal manera que en 2017 había exactamente la misma cantidad de hambrientos que en 2010. Otros indicadores del estado alimentario y nutricional en el mundo tampoco van mejor. Las prevalencias de anemia en mujeres en edad reproductiva y la obesidad en adultos también aumentan.

En cuanto a las primeras, se ha pasado del 30,3% en 2012 al 32,8% en 2016. "Es vergonzoso", escriben los redactores del informe, "que una de cada tres mujeres en edad reproductiva todavía padezca anemia, con importantes consecuencias tanto para su salud como la de sus hijos". Por otra parte, el número de adultos obesos no ha dejado de crecer desde 1975. En 2016 había 672,3 millones, un 13,2% de la población que habita el planeta, lo que representa un punto y medio más que en 2012 (11,7%).

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