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Turismo
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10 junio, 2018

Un gigante en el paisaje urbano de Montevideo

En Montevideo dicen que al Palacio Salvo se lo ama o se lo odia. Acaso sea así porque este rascacielos de 31 pisos y líneas arquitectónicas que parecen brotar de una fantasía medieval o barroca, es más que un edificio. Acaso sea un símbolo del Uruguay rico y cosmopolita de la década de 1920, también un recordatorio del país que pudo ser y no fue, por los vaivenes de la historia. Acaso sea un poema hecho de hormigón, con algo de la música de Verdi, los poemas de D’Annunzio y la orfebrería de Cellini. Es un texto que cada uno lee a su modo, ya que desde 2014 hay visitas guiadas.

Cuando se inauguró, el 12 de octubre de 1928, iba a ser un hotel de lujo, tenía sus 31 pisos repartidos entre dos sótanos, un piso bajo, entresuelo, diez pisos altos completos, una torre de 16 pisos y un faro cuya luz debía llegar a otro faro ubicado en el Palacio Barolo, en Buenos Aires. Ambos palacios eran la obra mayor de un arquitecto italiano, Mario Palanti (1885-1979), que usaba técnicas de vanguardia y estilos arquitectónicos antiguos. El Barolo nació como un edificio de oficinas y el Salvo debía ser un hotel, pero ambos abundan en signos esotéricos y decoración digna de un bestiario gótico. En el Barolo la referencia es Dante Alighieri con su poema, “La Divina Comedia”. En el caso del Salvo, la decoración inicial de las columnas y pilastras en la planta baja muestra seres marinos en bronce, luego se verán aves y figuras humanas, mientras los pisos muestran referencias a los números 8 y 4, símbolos del infinito. Se dice que Palanti era masón, alquimista y miembro de una logia medieval inspirada en Dante.

Situado frente a la plaza Independencia, en pleno centro montevideano, desde 1996 el edificio es monumento histórico nacional. Se impone ante la vista: ocupa un área de casi 1800 metros cuadrados, con 33 metros sobre la avenida 18 de Julio y 53 metros sobre la calle Andes y la plaza Independencia, como anotan los expertos Mariela García y Daniel Elissalde en su libro “Historias del Palacio Salvo”. El hotel del Palacio Salvo tenía 251 habitaciones, un piso como mirador en las alturas de la torre, salones para banquetes y fiestas, bares y tiendas en la galería comercial que atraviesa la planta baja uniendo la calle Andes y la plaza Independencia. Desde las alturas se podía ver el aristocrático barrio del Prado, el Cerro de Montevideo y el Hotel Carrasco.

El palacio era una pequeña ciudad, con subestación eléctrica, calderas y frigoríficos en los sótanos. En el entresuelo estaba la administración del hotel, la central telefónica, salas de reuniones, jardín de invierno, peluquería y comedor. En el primer y segundo piso alto, los salones de banquetes, comedores, cocinas y guardarropas. En los siete pisos siguientes, las habitaciones del hotel y oficinas. Tres ascensores en el gran hall de cada piso, subían desde el piso 2° al 11°. En el piso 10° estaban las piezas de servicio y talleres de planchado, carpintería y electricidad. En el piso 11° con su azotea nacía la torre. En los pisos 12° y 13° había departamentos más amplios para el hotel, de hasta tres ambientes. Esta estructura seguía hasta el piso 17° con su gran balcón, marcado por la base de las cuatro torretas, otro signo de identidad del palacio. Luego venían más habitaciones hasta el piso 24, rodeado por otro gran balcón. Más arriba, las salas de máquinas de ascensores, el tanque de agua y la plataforma del faro.

Clarín