Jueves, 20 de Septiembre del 2018. Guayaquil, Ecuador
Salud
Edison González entre las esculturas y las cañaberas.  (KS/La Nación)

Edison González entre las esculturas y las cañaberas. (KS/La Nación)

1 septiembre, 2014

El señor de la casa de las calaveras

Edison González talla en árboles y crea arte con alambres y fragmentos de hierro. Es un arte, pero sobre todo para él un grito de expresión

 

Mientras que para algunas personas el trabajo de Edison González puede caer en lo satánico, para este hombre que se gana la vida instalando filtros de agua, es su obra de arte, su manera de expresarse.  Desde una casa en la comuna Buijo Histórico, situada camino a la urbanización Ciudad Celeste, ‘don Edison’ utiliza parte de sus ratos libres para tallar figuras que, casi siempre terminan en forma de una calavera.

Restos de troncos de árboles, alambres, y fragmentos de hierro oxidado son convertidos en obras de arte.  Las paredes de su casa están siempre listas para cualquier persona que desee entrar y observar.  Una réplica del cuadro de la Virgen María en madera, el rostro de Jesús tallado en lo que algún día fue el torso de un árbol, el nombre de su hijo Mickey en hierro, son algunos de los adornos en su domicilio. Éste se ha convertido en su estudio de arte.  Pero hay algo que llama la atención de quien se cruce por la casa de este artista residido en Buijo: las calaveras rodean el lugar.  No son huesos de ser humano, al menos no las describe así su creador.  Estos cráneos se han convertido en el atractivo principal de las obras de Edison y, por lo tanto, se las encuentra a lo largo y ancho de su casa, y están hechas de casi cualquier cosa.  Una baldosa del mesón de la cocina, 3 sillas de hierro, cera, el grifo del agua, algunos adoquines del suelo que se encuentra en el recibidor, y una gran cantidad de madera, son elementos que han sido convertidos en calaveras.

Aunque no es lo que sostiene los gastos de la casa, el arte ocupa parte de su vida, y de la casa.  El hombre de 43 años comenzó con todo hace dos décadas, y hasta hoy las sigue con pasión.  Sus esculturas no son para venderlas, aunque en tres ocasiones algunas de sus obras se han comercializado y también recibe pedidos especiales.

“Se me olvidan las cosas que pienso para tallar, y comienzo a hacerlas para no olvidarme. Tallo lo que sale” es el concepto en que basa su trabajo, y como evidencia tiene algunas calaveras sin terminar.

¿Por qué calaveras?

Es una pregunta constante y una respuesta habitual: “No lo hago por satanismo como muchos piensan, simplemente es lo que más me gusta hacer, llaman la atención, son chéveres”, dice y de inmediato agrega “Este está loco dirán, pero no saben que soy el más cuerdo”.

Pero las calaveras no siempre fueron parte de su vida.  Existe toda una historia de idas y venidas del amor, dolor y abandono.  A sus 43 años, Edison Reynaldo González Peñaherrera lo tiene todo presente. Trabajaba en la hacienda “Penitacia”, de la cual fue encargado durante 9 años, cuando conoció a la mujer. Se enamoró de ella profundamente, pero su extremada timidez no le permitió que le declara su amor.

A los cinco años de haberla conocido, abandonó la hacienda y se enroló en el cuartel. Aprendió a valorar cada bocado de comida. Y luego del ejército vino el amor.  Fue en el Buijo, en la comuna donde habita hasta hoy y con la que concibió un hijo.

 “Dos años estuvimos juntos, pero  le pegaba mucho, entonces me dejó” reconoce Edison mientras  su mirada se pierde en el pasado, y viaja hasta Quito.  Acudía para instalar filtros de agua, a la entrada de un edificio, pero sus ojos se encontraron con Yulisa Ordóñez, su amor imposible .

 “Eso estaba mejor que las calaveras”, se dio cuenta que su timidez era cosa del pasado, se armó de valor y le dijo que había sido la dueña de su corazón durante mucho tiempo. Sin embargo, enfrentó otro inconveniente, la diferencia de clases sociales a las que pertenecían. Edison desarrolló un sentimiento de inferioridad. Fue entonces cuando puso fin a la situación.

Con un recuerdo de la hacienda tirado al vacío, Edison González todavía le quedaba otra memoria de aquella época: el sueño que tuvo una noche en el establo.  Cuenta don Edison que, una noche mientras dormía, soñó que unos vikingos lo mataban, y después lanzaban su cuerpo sin vida a un hoyo lleno de tierra y calaveras.  Luego de eso, recuerda haberse despertado alterado, fue entonces cuando ahí, en la obscuridad de la noche, comenzó a esculpir una calavera “desde ese momento comencé a tallar calaveras”.  Y esa, esa es una respuesta que nunca antes había dado, hasta ese día. (KS/La Nación)