Jueves, 20 de Septiembre del 2018. Guayaquil, Ecuador
Salud
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10 septiembre, 2018

Derecho versus deseo

La ampolla que levanta la cuestión del uso del cuerpo de la mujer para satisfacer los deseos de alguien no es nueva, aunque ahora duela de forma más explícita y más pública. El debate sobre los vientres de alquiler comenzó en los años setenta en Estados Unidos y a principios de los ochenta aterrizó en Europa como "el fenómeno de las madres biológicas". En Francia se legalizó la Asociación Nacional para la Inseminación Artificial por Sustitución (ANIAS) en 1983 y costaba 111.000 pesetas (667 euros) inscribirse para que un jurado estudiase la petición y decidiese si era o no conveniente; en Reino Unido, el primer niño nacido mediante este contrato llegó en 1984 y las protestas y las defensas para esta práctica comenzaron de inmediato.

Aquel mismo año, en Australia, una mujer se negó a entregar al niño que una pareja le había "encargado"; dos años después, la disputa por la paternidad de Baby M —una niña nacida en Nueva Jersey en el útero de Mary Beth Whitehead alquilado por 10.000 dólares (8.642 euros) y que finalmente se quedó con sus padres legales—, saltó a la prensa internacional y dividió a la opinión pública estadounidense. En España, el "alquiler de úteros" ya se debatía en el Congresoen 1986.

En España, hoy, los vientres de alquiler están regulados por la ley sobre técnicas de reproducción humana asistida como "contratos nulos de pleno derecho", aunque la legislación no los prohíbe, no da margen legal para que se produzca. Sin embargo, se calcula que hay unos 1.000 niños nacidos por este método en nuestro país desde 2010: la demanda existe y el Estado no puede impedir que sus ciudadanos crucen fronteras para conseguirlo, y lo están haciendo, a paísescomo Ucrania, donde un bebé cuesta entre 40.000 y 60.000 euros. Esta práctica, regulada solo en algunos países y con leyes muy distintas, ha generado un mercado opaco que hace difícil creer en la idea de que esto pueda llegar a ser altruista. Actualmente, la realidad es que, sin dinero, muy pocas mujeres están dispuestas a pasar por nueves meses de embarazo y un parto, con todo el dolor y los cambios físicos y emocionales que conlleva.

La polémica está abierta, política y socialmente, bulle y remueve conciencias y perspectivas; es, además, uno de los pocos temas que enfrentan a la comunidad LGTBIQ y al movimiento feminista. Unos defienden su deseo de ser padres; otras, su derecho a no ser tratadas como meros recipientes. Marcos Jornet, abogado y presidente de Son Nuestros Hijos, y Alicia Miyares, filósofa, escritora feminista y portavoz de No Somos Vasijas, se sientan para hablar sobre algunas de las cuestiones más candentes, y aunque el acuerdo parece imposible, coinciden en algo: en la necesidad de poner sobre la mesa la controversia.

El lenguaje, que construye

¿Gestación por sustitución o alquiler de vientres?

Marcos Jornet. El término correcto que define nuestro ordenamiento jurídico es gestación por sustitución. Se introduce ya en 1988 y en 2006, cuando se revisa le ley, se mantiene. Eso nos lleva a la conclusión de que es una técnica porque está dentro de esa ley (sobre técnicas de reproducción humana asistida), si no lo fuese estaría dentro del Código Civil. Y la Organización Mundial de la Salud también la define así, como técnica, desde 2009.

Alicia Miyares. La primera trampa en el alquiler de vientres es creer y hacer creer que estamos hablando de una técnica, y el embarazo y el parto no lo son, porque durante nueve meses se remueve todo lo que tiene que ver con esa persona y con la que va a nacer.

¿Madres o gestantes?

M. J. Hemos luchado toda la vida por escindir la sexualidad de la maternidad para las mujeres y ahora el debate es que no podemos escindir la gestación de la maternidad. La maternidad se ejerce durante toda la vida por quien quiera ejercerla, la gestación es un proceso biológico que dura nueve meses.

A.M. Eso es lo que cosifica a las mujeres. Cuando decís que esa mujer solo ha gestado, ese solo que siempre ponéis... Nueve meses de embarazo como si no tuviera trascendencia para el futuro, como si realmente una mujer pudiera solo dedicarse esos nueve meses a tener un embarazo y parir sin mayores consecuencias.

EL PAÍS