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Turismo
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17 mayo, 2018

Botsuana: cómo combinar turistas y animales salvajes

Itumeleng significa alegría en setsuana, el idioma de Botsuana. También es el nombre de una muchacha de 22 años, vivaracha y servicial, empleada en uno de los hoteles más exclusivos de Kasane, localidad situada en una de las cuatro esquinas de África, donde este territorio casi se da la mano con sus vecinos Namibia, Zambia y Zimbabue. Son apenas 10.000 habitantes los que moran aquí, pero la ciudad es muy popular porque representa una de las puertas de entrada del turismo internacional a las maravillas naturales del país.

El turismo es la nueva joya de la corona de Botsuana y tienen razones para creérselo: como el peculiar delta del Okavango, recorrido por el río del mismo nombre a lo largo y ancho 22.000 kilómetros cuadrados de superficie para nunca desembocar en el mar. Este va a morir entre la arena del inexplorado desierto del Kalahari, habitado por el bosquimanos, uno de los pueblos más antiguos del mundo. Por no hablar del Parque Nacional de Chobe, que alberga la mayor población de elefantes del continente, o de la impresionante biodiversidad que puebla todo el país y que incluye a los cinco grandes mamíferos salvajes: león, elefante, leopardo, rinoceronte y búfalo.

Este paraíso, más o menos del tamaño de Francia y con tan solo 2,2 millones de habitantes, era uno de los 13 países más pobres del mundo hace 50 años, cuando se independizó. Pero poseía algo muy valioso, además de sus ecosistemas y de una democracia que hoy es la más antigua del continente: minas de diamantes que fueron explotadas por la empresa De Beers, aunque gestionadas por el Gobierno del primer y venerado presidente Seretse Khama. Gracias a estas políticas, Botsuana creció y creció, a veces a ritmos superiores al 9% de su PIB, hasta convertirse en lo que hoy se considera una economía media. Esto permitió realizar mejoras en salud, educación (hoy el 100% de la población está escolarizada) e infraestructuras.

Pero Botsuana está viendo que su gallina de huevos de oro se agota y que hay que buscar alternativas: ya en 2016, el crecimiento había descendido al 3,4% debido a la ralentización de la minería. "Los diamantes no duran para siempre, pero el turismo y el desarrollo sostenible, sí", sostiene Tshekedi Khama, ministro de Medio Ambiente, Vida Salvaje y Turismo, en un encuentro con periodistas durante la celebración de la asamblea anual del programa marco del turismo sostenible de la ONU (10YFP en sus siglas en inglés), que tuvo lugar a principios de diciembre en Kasane.

Junto a las exportaciones de carne —es otro gran activo: en 2017 el país contaba con 2,5 millones de cabezas de ganado, es decir, hay más vacas que personas—, el turismo es la esperanza. Ya se pensó en él durante los años sesenta, con la independencia recién ganada: había que elegir entre un turismo comercial y masivo o uno de menor volumen, mayores costes, pero menos impacto. Y apostaron por el segundo. Hace tres años, cuando la Agenda 2030 fue aprobada en Nueva York, Botsuana se reafirmó en su apuesta por la sostenibilidad. "Sabemos del valor de nuestros recursos naturales, pero no sabemos cuánto durarán si no los protegemos, por eso vamos a cuidarlos", afirma Khama. "Además, no queremos ser otro destino africano de safari sin más. Debemos marcar la diferencia, y lo podemos hacer a través de nuestra manera de manejar nuestra responsabilidad sobre la madre Tierra", abunda.

En esas líneas trabaja el Gobierno y su labor ha dado frutos: en 2017, la Organización Nacional de Turismo de Botsuana (BTO, por sus siglas en inglés) recibió uno de los prestigiosos premios Tourism for Tomorrow concedidos por la asociación World Travel & Tourism Council (WTTC).  Una de las medidas es que es el Estado quien posee las tierras para asegurarse de que se explotan de manera responsable. Hoy, el 38% del territorio nacional está protegido y se alquila por periodos de 15 años (renovables por otros 15) a empresas que cumplen los criterios de gestión sostenible que marca el Gobierno y cuyas instalaciones están oficialmente reconocidas como alojamiento ecoturístico. "Cuando llegas a un hotel de lujo en el Okavango, encuentras que la tierra está protegida a nivel gubernamental y administrada por las comunidades", explica Jillian Blackbeard, directora ejecutiva de BTO.

Paneles solares, gestión de residuos, reciclaje de agua, contratación de personal local... En uno de los exclusivos hoteles ubicados en la reserva de Moremi, en pleno delta del Okavango, se hacen notar esas exigencias sobre el cuidado de la tierra, la vida salvaje y la comunidad. Por ejemplo, no se encuentran plásticos por ninguna parte, pues los recipientes y bolsas son téxtiles. Además, toda la estructura del alojamiento es de madera y tela, y no hay construcciones permanentes. "Esta pasarela se puede desmontar porque a veces los elefantes quieren cruzar por aquí", ejemplifica Tshapo, una de las camareras, con un dedo apuntando hacia un muelle de madera que acaba en un embarcadero. Ella, las cocineras, limpiadoras, guardias de seguridad y demás empleados pertenecen a esa región.

El País