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Turismo
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6 diciembre, 2017

Así es Melbourne, la mejor ciudad del mundo para vivir

Con olas para surf y vinos en el valle del río Yarra, centros comerciales y espacios verdes, la capital de Victoria es un laberinto cosmopolita con miles de cafés, tranvías y graffitis. Koalas y canguros entre paisajes increíbles.

Llegan al camping más de veinte turistas chinos. Respetuosos del silencio envolvente de Kennett River, un desvío de la famosa ruta Great Ocean Road a menos de tres horas de Melbourne, caminan sin dejar huellas por senderos de tierra que se internan entre carpas iglú y casas rodantes. Hasta que un chino grita y todos corren a los saltitos por el pasto, mirando al cielo.

El koala abraza la rama más alta de un eucalipto: duerme camuflado sobre una horqueta y pegado a un tronco de 60 metros de alto, sin peligro de caerse; es tan mullido como en las fotos y documentales devorados por el grupo antes de recorrer los 243 kilómetros sinuosos de la ruta oceánica que une las ciudades de Torquay y Allansford en el estado de Victoria, al sureste de Australia.

Otro alarido. Los chinos corren temerosos por el césped, para no espantar al segundo koala que se ve también en las alturas, con las orejas peludas y blancuzcas, y la nariz negra con forma de cuchara. A lo lejos hay uno más. Los koalas mastican hojas entre las nubes.

La guía de los chinos, Sarah, ya vivió esta situación muchísimas veces: los turistas pierden el control con el primer, segundo, tercer koala, hasta que se aburren de filmar videos con sus teléfonos y de agotar las instancias del zoom de sus cámaras. Sarah, pelirroja y australiana, les explica en inglés que los koalas no son osos, que se trata de marsupiales como los canguros (las hembras llevan a sus crías recién nacidas en sus bolsas) y que son originarios de Australia, como los eucaliptos que les sirven de alimento. Los koalas casi no toman agua porque se hidratan con las mismas hojas duras (cerca de un kilo) que tanto les cuesta digerir y los lleva a dormir 18 horas por día.

Ese dato suele decepcionar a quienes llegan a Oceanía en busca de la fauna única del sexto país más grande del mundo, de sus olas llenas de surfistas, de su desierto rojo y de sus ciudades victorianas ultra modernas. En el instante en que los chinos toman conciencia de lo afortunados que son al ver koalas en movimiento, una bandada de pájaros aletea con violencia en sus sombreros y aterrizan en sus hombros. Esta vez, los gritos son de desesperación y corren al ómnibus de la excursión. El grupo de los latinoamericanos también se aleja del “camping de los koalas”, vecino al Parque Nacional Great Otway y a mitad de camino entre los pueblos balnearios Lorne y Apollo Bay.

Con Darío al volante, en el lado derecho de la combi, este guía de turismo, velerista y chef nacido en Italia cuenta que en Melbourne viven 300.000 italianos que llegaron de Calabria, Sicilia y Trieste después de la Segunda Guerra Mundial y con los Juegos Olímpicos de 1956. Si bien se concentran hacia el norte en un barrio de casas de estilo victoriano llamado Carlton y cocinan la pasta en sus restaurantes, extendieron la costumbre de tomar café en toda la ciudad. Hay 2.000 cafés en la capital de Victoria.

Mientras todos buscan canguros por la ventanilla (la ruta tiene alambrados especiales, pero cada tanto se ve alguno muerto en la banquina), Darío propone un juego. “Pregunta-quiz (examen), pregunta-quiz”, repite. “¿Cómo se llama el fundador de Melbourne?”. Nadie adivina. El nombre es John y el apellido es… ¡Batman!

Una vuelta por Batmania

Con 4.500.000 habitantes, Melbourne es la segunda metrópoli más grande de Australia -detrás de Sidney, su eterna rival- y fue la capital del país entre 1901 y 1927, cuando se la trasladó a la planificada Canberra.

En la bahía Port Phillip y en la desembocadura del río Yarra, Melbourne creció vertiginosamente en la segunda mitad del siglo XIX, a partir de la fiebre del oro que sedujo a inmigrantes de todas partes del mundo. En 1851 se descubrió el oro en la región y en solo un año Melbourne pasó de 77.000 a 340.000 habitantes, dejando de ser un pueblo perdido en el hemisferio Sur para convertirse en la “Londres de las antípodas”.

Contagiada por el vértigo de aquellos años, Fiona sintetiza la historia de Melbourne en particular y de Australia en general durante un “walking tour”, una caminata guiada que comienza frente al ícono de la ciudad:la estación de trenes “Flinders Street Station” en el cruce de las calles Flinders y Swanston.

En una mañana sin nubes y con 14 grados, la gente camina en mangas cortas, empezando por Fiona. Tal vez se deba a que la excursión se llama “Secretos escondidos”, oquizá sea la combinación de su acento británico con el largo vestido azul y el paraguas que usa de bastón, pero Fiona parece una profesora de Defensa contra las Artes Oscuras de la escuela de Harry Potter.

Hay que hacer un gran esfuerzo para no pensar en qué libro -o película- de la saga del mago encajaría mejor para prestarle atención a su relato sobre el capitán Cook al mando de la nave Endeavour, en el intento por encontrar la Terra Australis Incognita, hasta que llegó en 1770 a la costa este del continente en nombre de la Corona inglesa.Habla del explorador holandés Abel Tasman, que descubrió la isla Tierra de Van Diemen, luego llamada Tasmania.

Sigue Fiona: “En 1835, Melbourne nació de la mano de John Batman, quien adquirió terrenos de los indígenas mediante un tratado ilegal en el que les estregó espejos, hachas, cuchillos y mantas, entre otras cosas. Poco faltó para que llamaran Batmania a la ciudad, pero ganó el nombre del primer ministro británico, Lord Melbourne”.

El desierto de Atacama, donde llueven estrellas Los primeros colonos fueron británicos e irlandeses y, como en 1788 se estableció una colonia penal enlas áreas vecinas de Nueva Gales del Sur, muchos australianos se divierten al averiguar si son descendientes de convictos o no, porque saben que en aquellos tiempos alcanzaba con un delito mínimo o un malentendido para ser deportado de Inglaterra.

Detrás del oro del siglo XIX y con las oleadas migratorias del XX, Melbourne adquirió su carácter cosmopolita, reflejado en los barrios: desde el extenso Chinatown hasta el bohemio Fitzroy, un polo gastronómico y de diseño con eje en la hipster Brunswick Street.

Además de bares y restaurantes griegos, italianos, japoneses, vietnamitas y tailandeses, la ciudad tiene grandes parques y es reconocida como la “capital cultural y deportiva de Australia”, ya que ofrece un calendario súper completo de eventos deportivos, culturales y artísticos.

Por ejemplo,aquí se celebran dos de las competencias más importantes del planeta: el Grand Prix de Fórmula 1 y el Australian Open (Abierto de Australia), el primer Grand Slam de tenis del año que se juega en enero.

El grupo latino avanza con Fiona por las avenidas comerciales del centro financiero -única zona con edificios altos-, donde sólo viven 80.000 personas porque la gente prefiere las casas.

Sólo se escuchan las campanas de los tranvías, que circulan todo el día en el área metropolitana y conforman un servicio de transporte público y gratuito. No es un error de tipeo: el viaje en tranvía es gratis, y ni siquiera se paga el histórico 35 “City Circle Tram” que adoran los turistas porque da una vuelta completa al centro.

Antes de despedirse, Fiona recomienda subir a ese vagón de madera porque permite bajar y subir en los principales atractivos la ciudad, como la Galería Nacional de Victoria, la catedral anglicana St Paul, el Acuario, el Zoo, el Museo de Melbourne con pantallas IMAX y el edificio Royal Exhibition de 1880 en los Jardines Carlton, el Mercado de la Reina Victoria, la catedral católica St Patrick en los Jardines Fitzroy, el Botánico de 36 hectáreas, el estadio Melbourne Cricket Ground (MCG) y la torre Eureka (el mirador más alto del hemisferio Sur).

Luego de los hoteles con casinos y cines del Crown Complex, Federation Square es el regreso al punto de partida. De cara al río Yarra y su margen sur (Southbank), esa plaza de arquitectura vanguardista -ocupa una manzana- es el punto central de reunión en Melbourne: con más de 2.000 eventos y festivales anuales, ofrece una creativa combinación de museos, cines, restaurantes y cafés.

Siempre hay un bar en algún callejón pintado con graffitis, y siempre hay tiempo para conversar o leer un libro mientras se toma un latte (con leche) con un corazón dibujado en la espuma y se come un croissant. Obsesionados por el ritual del café, en Melbourne lo sirven tibio. Bien tibio.

Es famoso el monumento que conmemora el Movimiento de las Ocho Horas, iniciado en 1856: en lo alto ostenta un triple 8 que ayuda a comprender la filosofía de esta ciudad sin estrés porque el ideal de una jornada consiste en 8 horas de trabajo, 8 horas de ocio y 8 horas de descanso.

Detrás de la amabilidad de los habitantes y su ritmo peatonal -a lo sumo, de runners o ciclistas-, hay pilares que sostienen su calidad de vida, como el transporte, la salud, la educación, la seguridad, el desarrollo sostenible, los espacios verdes y los bajos índices de pobreza. Por séptimo año consecutivo, Melbourne fue elegida como “la mejor ciudad del mundo para vivir” por The Economist Intelligence Unit, en el Global Liveability Report 2017. Detrás, le siguen Viena (Austria) y Vancouver (Canadá).

Cuesta más superar el jet lag del vuelo desde Buenos Aires y las 14 horas de diferencia horaria que acostumbrarse a que la mayoría de los negocios baja la cortina entre las 18 y 19.30, y que a las 20.30 hay una última chance para pedir la cena en un restaurante. También se apaga el distrito financiero, cierran las tiendas de marcas caras de la avenida Collins y las centenarias galerías comerciales Royal Arcade y The Block Arcade.

Frases como “Australia es un país nuevo”, “tenemos la Cruz del Sur” o “en julio hace frío” les resultan totalmente lógicas al grupo de visitantes de Latinoamérica. En cambio, no se cansan de sacarle fotos a los bebederos, las sillas y baños públicos, los cestos de basura con ceniceros en las calles.

Tampoco dejan de comentar la ausencia de bocinas y gritos, y se pierden con felicidad en las callejuelas (en inglés, lanes), que siempre esconden bares y negocios de ropa usada o vinilos. Las callejones, imprevisibles como los mensajes y dibujos de sus muros, se esfuman entre las anchas y ordenadas arterias donde las carretas tiradas por bueyes transportaban mercancías en el siglo XIX.

De los graffitis a las playas

El laberinto de lanes es un museo de arte al aire libre mutante: las paredes están bañadas por graffitis que pueden cambiar sin previo aviso. En las más convocantes Hosier y Union Lane, los turistas hacen poses alocadas para las selfies junto a un artista que mezcla aerosoles en una ventana con telarañas, inspirado por Nick Cave y los Red Hot Chili Peppers (Flea es de Melbourne), omitiendo esta vez a los también locales Olivia Newton-John y Crowded House.

Los fanáticos del grafitero Banksy van a Cocker Alley, y todo el mundo quiere una foto delante del rayo en AC/DC Lane. Los oficinistas que salen a fumar en esta cortada evitan al desfile de turistas, pero la inglesa Rachel es interceptada cuando enciende un cigarillo, en una pausa de su trabajo como moza: con camisa escocesa y dragón tatuado en el brazo, ella cuenta que llegó a Australia por un programa de “Work and Travel” y le gustaría quedarse.

Eso recuerda la historia de Martín, que se vino desde la Patagonia argentina y ya parece un surfer, con el pelo rubio al viento. Con buen criterio, aconseja ir a conocer las cercanas playas de St Kilda y Brighton, con los lockers coloridos de los surfistas.

En esa sintonía, el grupo de latinos sube a una combi al día siguiente para recorrer buena parte de la ruta Great Ocean Road, con el italiano Darío al volante. Se trata de bordear el oceáno entre paisajes dorados, haciendo paradas breves en pueblos acogedores hasta los Doce Apóstoles.

En el Parque de Port Campbell se sobrevuela en helicóptero un manto verde cubierto de ovejas diminutas, junto a olas que mueren en la arena y acantalidados que resguardan a las famosas torres de piedra caliza.

Para completar la tarde ideal, un canguro salta por el campo en el viaje de vuelta y, de pronto, se queda inmóvil como un tótem. Es otro marsupial, pero la reacción propia va dedicada a los fans de “The Big Bang Theory”, reproduciendo la genial “cara de koala” de Sheldon Cooper.

MINIGUÍA

Cómo llegar. El vuelo de LATAM desde Buenos Aires a Melbourne tiene una tarifa promedio de US$ 1.384. Hay 3 frecuencias semanales que conectan a Melbourne vía Santiago de Chile. De Ezeiza, el vuelo parte a las 5 y llega a las 7.25 a Santiago (lunes). De Aeroparque sale a las 8 y arriba a Santiago a las 10.25 (jueves y sábado). Para conectar con Melbourne, el vuelo despega de Santiago a las 13.30 (lunes, jueves y sábado) y aterriza en Melbourne a las 18.40 (hora local) del día siguiente. El viaje dura 15 hs. 10’. El vuelo regresa de Melbourne a las 20.40 (martes, viernes y domingos) y llega a Santiago a las 19.55 del mismo día. Dura 13 hs. 15’ (latam.com).

Dónde alojarse. -La habitación doble en el céntrico Citadines Apart Hotel, desde US$ 119, según la época del año (www.citadines.com).

-La habitación doble en el Crown Metropol Melbourne, uno de los lujosos resorts del Crown Entertainment Complex, en la zona del Southbank, desde US$ 196 (crownresorts.com.au).

Moneda. Es el dólar australiano. Un dólar estadounidense equivale a AUD 1,30.

Clarín